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¿Qué chucha hago acá?

 ¿Cuánto puedes llegar a conocer a una persona? ¿Cuánto necesitas para decir: “voy a intentarlo”? ¿Cuánto para decir que no puedes vivir sin ella?

¿Y si digo que después de  48 horas no ha habido otra experiencia que más vueltas me haya dado a la cabeza? Aún recuerdo a una de las primeras, probablemente el primer gran desacierto, y necesité pasar con ella dos meses para sufrir la separación. Si la hubiera conocido dos días, ¿me habría dolido más regresar a casa con las manos vacías, o me daría igual?

Casi no pude pasar tiempo con ella. Los pocos minutos que nos entendimos se sintieron más que bien. Al menos mejor que una conversación típica de chifa. Hoy, a minutos de su partida, odio haber perdido un día de conversación con ella por no pegarle la gripe. Odio haber regresado a la cueva cada diez segundos en lugar de buscar una forma de pasar tiempo con ella y conocerla mejor. Odio no haber tenido agallas de invitarla a quedarse en la fiesta anoche. Y me detesto porque todas estas cosas pudieron ser fingidas o disimuladas de forma que hubiera podido establecer contacto con la señorita y aprovechar el poco tiempo que tuve con ella.

Ahora ella no está. Se fue a las 6 de la mañana, mientras yo buscaba en mis cajones alguna tontería que regalarle de souvenir de su visita por mi casa. Dijo que vendría a visitarnos y a pasear con nosotros para conocer el Perú. Ojalá ese día venga pronto. Ojalá me llegue la invitación suficientemente rápido como para no leerla y tenerla de referencia.

No la amé, esa es una palabra dedicada a muchas otras princesas inaccesibles o igualadas engreídas que salen en las cosas que me gusta ver. A pesar de su edad podría haber intentado llevar las cosas más lejos.

La extrañaré. La conocí cinco minutos, pero a veces hace falta menos que eso.