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Oc-se-sión! Wa-wa-waaa-wa!

Todo empezó en el año nuevo del 2005 para 2006. Previamente había hecho mi recorrido con una linda amiga mía, con quien pensábamos ir a Colán a hacer nuestras jugadas cada uno por su lado. Si no recuerdo mal, acabamos en El Tiburón Azul, y estoy seguro de que en algún lado tengo el recibo del cuarto que alquilamos un 27 ó 28 de diciembre para subarrendarlo como a 6 personas más el 31. Estaba todo planeado para un fin de semana perfecto (sábado 31 y domingo 1 de enero), tenía a mi mejor amigo del colegio y a mi mejor amiga de la época de universidad (estudiamos juntos unos ciclos, pero curiosamente se volvió la mejor cuando ya no iba a la Udep) como compañeros de cuarto, había arreglado todo para que una chica que aún me quita el sueño pudiera pasar ese fin de semana a 416 kilómetros o 6 horas en bus de su casa, tenía buenas puntas confirmadas y esperaba a unas mejores. Llegué a estar dispuesto, como otras veces en que su compañía me hacía tan feliz que todo era posible, a acompañarla a la fiestecita de gente hi-lite y arrimados que se hace indistintamente en cualquier lugar del balneario de marras, y finalmente, con ella cuidándome las espaldas, hacer lo que debía hacer con la chica que no me deja dormir.

Esa noche pasé todo el tiempo que pude con mi aliada. Bebimos en la calle con los amigos, entramos a la fiesta y le llegué a dar el abrazo de año nuevo a mi precioso tormento, con ese bronceado antinatural que odio y un vestido verde, ligerito, que cumplía con mostrar lo mejor y disimular el resto. El rumor había alertado a mi presa y a toda su pandilla, por lo que cada movimiento sería juzgado y la evasión era el nuevo juego de la noche. Ni cagando, al no poder trabajar en esas condiciones salí a terminar de emborracharme con Javicho y Eche. En un momento no encontramos qué celebrar. Nunca supe sus motivos, yo sabía que había dado torpemente un paso atrás para volver a intentar bajo menos exposición pública, y a la vez no sabía qué había pasado con mi querida cómplice. Me fui al cuarto a descansar con los chicos, y a la mañana ella estaba ahí, como sabía que estaría, gastada por la noche anterior pero llena de ganas de seguir festejando.

No recuerdo bien cómo se desarrolló el día. Sé que tenía una gorra para cubrir mis ojos del tumulto horrendo de gente semidesnuda sintiéndose bonita bajo un bombardeo escandaloso de radiación solar, y un discman con canciones de Bunbury para alejarme de la estupidez del establo de asnos en el que me di cuenta que me habia metido. Es como si el 1 de enero yo no hubiera estado ahí. Sin embargo, esa mañana, mientras hacía inventario de quiénes llegaron a compartir el cuarto (tenía que cobrar mi subarriendo), El Tiburón Azul se zampó una vez un recopilado de Pedro Suárez-Vértiz y dos o tres veces el mismo grandes éxitos pirata de Miguel Mateos. Con resaca y todo, le agarré cariño a la música de Mateos esa mañana. Era un bonito recordatorio de una aventura que tuve no con quien yo me esperaba, sino con alguien entonces infalible e infaltable en mis planes.

Ella sabía que la adoraba, pero también sabía de lo que sentía por otras. Sin embargo, no me pasaba las tardes enteras con ellas, sino con ella. Una vez más, tontamente, dejé de darme cuenta de lo valioso que tenía por dedicarme a empresas inciertas y poco gratificantes. Y era feliz cuando volvía a consolarme con ella y cuando ella buscaba en mí algún hombro en que apoyarse. Los remolinos de la vida y nuestros propios caminos tormentosos nos arrastraron lejos, y tengo tanto sin verla que no sé si estoy intentando recuperar el tesoro que tardé demasiado en admirar, o si otra vez estoy persiguiendo espejismos y alejándome de lo que es cierto. Anoche me confirmó que no iba a estar conmigo esta noche, a pesar de que se la tenía prometida. No había pensado en eso hasta que la llamé y lo oí con su voz aguda pero cariñosa. Intenté muchas veces ignorarla, considerarla como un capítulo cerrado y clausurar cualquier contacto o información de ella, pero la extraño siempre. Ahora parece que fuera otra persona, tanto tiempo alejados, que no haya donde visitarla (ni visite) cuando pasa por acá, nuevos amigos, nuevos galanes-imposibles-de-elogiar, y cero chance de verla. Por el momento, cualquier papelito que guarde, todas las deudas que le pagaré, lo haré pensando en mi inseparable Super-ficial, y no en cualquier persona que ella o yo creamos que es ahora.

En los días en que nos hicimos daño ella me dijo que la gente cambia. Traté de convencerla de que esos cambios no nos definen a nosotros, sino nosotros a ellos, pero el calor del momento no me dejaba articularlo sin cólera, sin intentar devolver las bofetadas. Hoy sólo quiero decirle que la necesito más que nunca, que quiero abrazarla de pie frente a la puerta de su casa por varios minutos y contarle todo lo que me jode y saber qué le preocupa a ella. Que ya no me importa que ella sea el amor que me di cuenta demasiado tarde que debía buscar. Que ella sabe que no hay nadie como yo y no hay nadie como ella, y que no había nadie como nosotros dos juntos, para lo poco que duró. Que debí darle ese beso mucho antes de que ella lo necesitara. Que lo que le escribí el verano pasado ya es inevitable: ahora me tocará irme a buscar mi camino y me muero de miedo de que ya no coincida con el suyo. Puedo dejar a todos, pero estar en Piura, en la universidad, era un ancla que me mantenía en el círculo donde te conocí y donde podrías volver. Nunca volviste, estuviste aquí, pero no volviste. Yo me hundía en autocompasión y no te busqué. Quiero que nos tomemos media botella de vodka en tu cocina, salir a conversar en los columpios y cerrar la noche confirmando que no hay nada bueno que ver en la tele a las dos de la mañana. Necesito salir a sorprender a los demás con planes que salen de la nada y decirles que tenemos todo listo. Quiero escuchar una canción de Miguel Mateos y que hablemos de ese fin de semana, que me ayudes a recordar lo que yo no. Quiero poder terminar este post e irme a dormir, pero sé que mañana no estarás, sé que estará ella (que está siendo un amor de gente conmigo, a pesar de lo jodido que puedo llegar a ser, y por eso le debo un montón), pero tú no. No estoy tranquilo, he estado incompleto por más de año y medio y recién me empiezo a dar cuenta. ¿Aún tienes lo que haces falta para enderezar este desastre? ¿O estoy esperando algo que ni siquiera el poder combinado de los Supercalifragilísticos puede lograr?

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