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Teppic(amón XXVIII) y la Esfinge

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 “-¿Qué es lo que se mueve sobre cuatro piernas por la mañana, sobre dos al mediodía y sobre tres al anochecer? -preguntó, con un molesto tonillo de suficiencia.

Teppic meditó en el acertijo.

 – Es difícil, ¿eh? -dijo por fin.
 – Es el más difícil de todos los acertijos que han existido y existirán -dijo la Esfinge.
 – Hum.
 – Nunca podrás dar con la respuesta.
 – Ah -dijo Teppic.
 – Oye, ¿te importaría ir quitándote la ropa mientras piensas? Me molesta mucho que se me queden hilos entre los dientes.
 – ¿No habrá alguna clase de animal al que le vuelven a crecer las piernas que ha…?
 – Frío, frío y casi congelado -dijo la Esfinge empezando a sacar las garras.

(..)

 – La respuesta es “El Hombre” -dijo la Esfinge-. Y ahora te ruego que no opongas resistencia, ¿de acuerdo? La agitación y el nerviosismo hacen que la sangre se sature de sustancias químicas que saben a rayos.

Teppic saltó hacia atrás con el tiempo justo de esquivar el zarpazo que pretendía partirle en dos.

 – Espera, espera -dijo Teppic-. ¿Qué quieres decir con eso de “El Hombre”?
 – Es muy sencillo -replicó la Esfinge-. El bebé gatea por la mañana, se sostiene sobre dos piernas al mediodía y al atardecer el anciano camina apoyándose en un bastón. Astuto, ¿verdad?

Teppic se mordió el labio inferior.

 – Oye, ¿estás segura de que hablamos de un día? -preguntó con voz dubitativa.

El silencio que siguió a sus palabras resultó tan largo como embarazoso.

 – Es un… ¿Cómo se llama eso? Ah, sí, una figura retórica -dijo por fin la Esfinge en un tono bastante irritado, y la lanzó otro zarpazo.
 – No, no, espera un momento -dijo Teppic después de esquivarlo-. Me gustaría que fuéramos lo más claros posible con respecto a este asunto, ¿de acuerdo? Quiero decir que… Bueno, es lo justo, ¿no te parece?
 – Al acertijo no le pasa nada malo -dijo la Esfinge-. Es un acertijo condenadamente bueno, ¿entendido? Llevo usando ese acertijo desde hace cincuenta años, y me ha funcionado tanto de esfinge como de cachorrita… -Pensó en lo que acababa de decir-. Perdón, de polluela -se corrigió.

(…)

 – Sí, pero… -Tepicc se acuclilló delante de la Esfinge y alisó una pequeña extensión de arena con la mano-. En fin, lo que yo me pregunto es si la metáfora posee consistencia interna o no. Supongamos que el promedio de vida es de setenta años, ¿de acuerdo?
 – De acuerdo -dijo la Esfinge en el tono inseguro de alguien que ha dejado entrar a un vendedor ambulante y empieza a contemplar y lamentar la perspectiva inexorable de un futuro en el que acabará suscribiendo un seguro de vida.
 – De acuerdo. Bien, veamos… Así pues, el mediodía llegaría sobre los treinta y cinco años, ¿verdad? Bueno, si consideramos que casi todos los bebés dan sus primeros pasos al cumplir el año, la referencia a las cuatro patas me parece realmente muy poco adecuada, ¿no? Según tu analogía… -Hizo unos cuantos cálculos con un fémur que el destino había tenido la amabilidad de poner a su lado-. Si empezamos a contar partiendo de las cero horas ese hombre metafórico de tu acertijo sólo pasaría unos diez minutos a cuatro patas… media hora como mucho. ¿Tengo razón o no tengo razón? Vamos, sé justa y admítelo.

(varias observaciones más tarde… digo, ustedes tienen que
tener otra cosa que hacer aparte de leer esto, ¿no? -N. de G.)

 – Veamos qué tenemos hasta el momento, ¿de acuerdo? Metafóricamente hablando, ¿qué es lo que camina a cuatro patas justo después de la medianoche, sosteniéndose sobre dos piernas durante la mayor parte del día…?
 – …siempre que no sufra ningún accidente, claro -dijo la Esfinge, impulsada por un deseo francamente patético de demostrar que ella también estaba contribuyendo. Sí, muy bien, sosteniéndose sobre dos piernas siempre que no sufra ningún accidente y sigue así por lo menos hasta la hora de la cena, momento en el que camina con tres piernas…
 – He conocido a personas que usaban dos bastones -dijo la Esfinge, cada vez más deseosa de ayudar.
 – De acuerdo. A ver qué te parece esto… Momento en el que sigue caminando sobre dos piernas o con la ayuda de cualquier dispositivo prostético de su elección.

La Esfinge se lo pensó.

 – S-sssí -dijo por fin con mucha seriedad-. Eso parece cubrir todas las eventualidades posibles, ¿no?
 – ¿Y bien? -preguntó Teppic.
 – ¿Y bien qué? -replicó la  Esfinge.
 – Bueno, ¿cuál es la respuesta?

La Esfinge le observó con expresión entre pétrea e impasible, y acabó enseñándole los colmillos.

 – Oh, no -dijo-. No creas que vas a pillarme tan fácilmente, muchacho. ¿Crees que soy estúpida? Eres tú quien debe darme la respuesta.
 – Oh, vaya -dijo Teppic.
 – Creías que ya habías conseguido hacerme caer en la trampa, ¿eh? -dijo la Esfinge.
 – Lo siento.
 – Creías que podrías confundirme con toda esa palabrería tuya, ¿verdad?

La Esfinge sonrió.

 – Bueno, tenía que intentarlo -dijo Teppic.
 – No puedo culparte. Bien, ¿cuál es la respuesta?

Teppic se rascó la nariz.

 – No tengo ni idea -dijo-. A menos que… y es un auténtico disparo a ciegas, entiéndelo, a menos que sea… ¿El Hombre?

La Esfinge le contempló en silencio durante unos momentos que parecieron hacerse eternos.

 – Oye, no habrás estado por aquí antes, ¿verdad?”

Pirómides (Pyramid’s)
Terry Pratchett, 1990

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