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Manifiesto – Esbozo Pt. 2

manifiesto.jpgSi antes la brecha digital se reducía a la diferencia entre el acceso o no a la información, una variable puramente material, ahora podemos hablar de una segunda brecha, una brecha 2.0, si cabe, entre los que viven pegados al pulso de la web y los aislacionistas virtuales, generalmente adultos que apenas hacen uso de YouTube y saben que sus hijos viven pendientes de algo llamado Facebook. Lo unos desconocen la los otros.

El cibernauta 2.0 posee sus propias redes de contactos, amigos, fuentes de información, foros de discusión, que suelen compartir con otros 2.0 similares. El desconectado total puede incluso caer accidentalmente en espacios como blogs y comunidades de videos, sin tener plena conciencia de la actividad que ebulle detrás de ellos, en el mejor de los casos. Incluso evitan las referencias a esta web bajo la creencia de que los asuntos tecnológicos sólo pueden complicarse más.

Quiero tomar como referencia mi experiencia el último mes en unas instalaciones del Estado peruano, donde apoyé en la actualización de una página web. Desde mi estación de trabajo (en realidad la PC de mi jefa) tengo un acceso restringido a la WWW. Eso significa que cualquier tag de “Entretenimiento”, “Foros y tableros de mensajes”, entre otros, están prohibidos, al parecer para mantener la eficiencia en el lugar de trabajo. Sin embargo, ¿qué eficiencia se puede esperar de una máquina con un sistema operativo que exige el doble de memoria RAM de lo que dispone? ¿Qué trabajo de documentación o publicación se puede implementar con éxito si se cierran fuentes de información y opinión? ¿Cómo se puede modernizar una plataforma web cuando herramientas básicas de estos tiempos son inaccesibles?

El trabajo público es una cosa curiosa. Se procura facilitar las cosas con la tecnología, pero se mantienen las costumbres y procedimientos burocráticos. Las redes son locales y cerradas entre sí, y se enredan en su propia jerga administrativa. No es nada nuevo que la información sobre los trámites cambie de una ventanilla a otra, y que no se compense el tiempo y dinero perdidos en papeleo y colas con el beneficio final. Sorprende que con un sistema de identificación hace ya buen tiempo digitalizado no existan bases de datos completas comunes a los organismos públicos.

Es decir, que no sólo digan tu nombre, dirección, sexo y si eres donante de órganos, sino que permitan cotejar documentos cuya recolección puede ser un fastidio total, como una partida de nacimiento o los antecedentes policiales (que sólo están disponibles durante 3 horas en la mañana en las comisarías, y salen de un día para otro). Y hablo sólo de bases de datos alfanuméricos, nada que requiera equipos de última generación, sino pura conectividad y un contenedor potente y seguro de la data.

Pongámonos ahora en la situación del despacho congresal, donde por una cuestión de austeridad y control de los gastos se limita el personal a cargo del parlamentario a un puñado de personas esenciales (¿Cuántos asesores pueden hacer falta, de todas formas?). Ya hemos visto varias veces lo que pasa con los empleados fantasmas y cuanto peso muerto se introduzca en el aparato estatal. Sin embargo, como representantes de sus respectivos departamentos, tenemos a menos de una docena de personas encargándose de casi un cuarto de millón de peruanos (27 millones entre 120 da 225 mil).

Con que un 1% de esta población tenga algún tipo de iniciativa política, hablamos de 2250 personas intentando hacer llegar sus quejas y preocupaciones al representante electo. Resultado: un efecto de cuello de botella impresionante. Yo he estado ahí, y pareciera que el alboroto que ocurre en el mundo exterior se ralentizara con la presencia de un sello del Congreso de la República. Eventualmente las cosas ocurren, sí, pero podrían ocurrir antes, o resolver más casos en el mismo tiempo.