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No apagues la tele

Estaba el jueves escuchando la mesa redonda Humor político y elecciones en el Perú de hoy (un puntazo de Perú.21: ocraM, Yerovi y Giacosa hablando sobre humor), y me llamó la atención la insistencia de los ponentes en no ver la televisión local. Además, uno de los blogs inamovibles de mi Google Reader es el Apaga la Tele, de Carlos Carlín. Sólo voy a mencionar la relación de los personajes con el medio televisivo por aportar al interés histórico: Sifuentes fue reportero de Canal N y La Ventana Indiscreta y caserito de los informativos por su relevancia en la blogósfera peruana, Giacosa tuvo Informalísimo y Mapamundi, de esas rarezas imperdibles del canal del Estado, y Carlín ha trabajado delante y detrás de cámaras durante años, con y sin nariz roja. De la experiencia de Yerovi en TV fuera de la entrevista ocasional, no sé nada. Digo esto porque no me parece justo echarle la culpa de los males del mundo a un medio con tantas posibilidades (repotenciado entre el HD, la TDT y la 3DTV) por la culpa de un puñado de malos productores, empresarios, y un sistema de rating misterioso que aparentemente los legitima.

Yo amo la tele. Para bien y para mal, le debo quién soy a la tele. La única persona ficticia con la que me podría sentir identificado en este sentido es Martin Tupper, de Dream On:

Es cierto que existe la televisión basura. Menos verificable puede ser que es lo más fácil de encontrar y que consumirla en grandes cantidades te puede volver idiota. Aún más difícil de comprobar científicamente es la posibilidad de estar predispuesto a la estupidez o la brillantez, y que esta condición supere a todos los intentos del entorno (padres, educación, productos culturales, círculo social) de llevar al sujeto por otro camino. Mi teoría es que, en muchos casos, la gente le atribuye a cualquier agente externo sus propias fallas en el cuidado de los hijos o sus mismas carencias. Como en South Park: Bigger, longer & uncut, las personas tienden a esperar que la escuela y los medios se hagan cargo de toda la educación de sus hijos, porque no tienen nada de experiencia y están demasiado absorbidos en sus propias vidas como para preocuparse por vigilar los contenidos que consumen los pequeños, y sobre todo, porque no se les cruza por la cabeza que es su papel enseñarles a asimilar o procesar toda esa información.

Me parece que echarle la culpa a la tele de los males del mundo es un error muy frecuente y difundido, al punto que, hasta donde me pareció, lo cometían dos periodistas a quienes respeto mucho por su personalidad y su trabajo. Pero la injusticia está en no considerar toda la potencialidad educativa de la tele, toda la capacidad de muchos productos de consumo para referenciar otros productos culturales. Si hubiéramos tenido a disposición un “contador de visitas”, las columnas, revistas o secciones de Yerovi habrían hecho picos cada vez que aparecía en la tele, así como Giacosa o Denegri referirían (linkearían) a una tonelada de literatura de lo más diversa cada uno. Pero claro, no son funciones inherentes al medio, sólo son formas de usar el medio.

Como Martin Tupper, yo contaba con la televisión para entretenerme mientras mis viejos tenían que trabajar. Y lo agradezco porque con cada programa, desde lo más tonto, pude tener mis primeros contactos con trabajos que definirían mis gustos en el futuro. Desde el Chapulín Colorado con sus adaptaciones de cuentos, obras de Shakespeare, la clásica historia del cine abandonado; Pato Aventuras fue una ventana hacia las historias de aventuras, Julio Verne, las películas de Indiana Jones; y ni hablar de la barbaridad de referencias a la cultura pop de Tiny Toons y Animaniacs.

Estamos hablando de productos muy accesibles, digeribles a una edad temprana y un poco más, que realmente tienen más capacidad de llamar la atención del niño sobre ese tipo de personaje, ese tipo de historia, esa emoción en particular, y lo que el chico necesita es saber que están en otros soportes donde los puede volver a disfrutar de formas más duraderas y con un desarrollo más completo que una caricatura de 10 a 20 minutos. Pero la escuela puede meterse hasta cierto punto en lo que hace y ve el niño en casa. Los medios no tienen el espacio ni está en su propósito explicarles todo el rollo detrás de sus dibujos. Ese es un ejercicio que se debería llevar desde casa, y reforzarse con versiones también ultraligeras de los cuentos. Requiere compromiso, requiere constancia, pero ese es realmente el trabajo del padre.


Les Miseranimals de Animaniacs, o Les Miserables de Dumas en 6 minutos y algo.

Reconozcamos, así como existen drogas de iniciación, más blandas, de menor impacto y que eventualmente llevan al consumidor a sustancias más fuertes, que también contamos en nuestro contexto cotidiano con productos culturales de iniciación, muy llamativos y ligeros de contenido que pueden permitirle a una persona entrar en contacto con las grandes obras del cine, la música y la literatura, y poder barajar con relativa rapidez géneros y autores hasta encontrar su favorito (en lugar de verse agobiado por libros impasables de un plan lector estandarizado, por ejemplo). La oportunidad está ahí, sólo hay que saber usar el medio como herramienta, aprovecharlo, y esperar que tengas un conejillo de indias con una la suficiente materia gris para que la semilla pegue. Pero por favor, no apagues la tele. Hay mucho por hacer en ella y hay mucho por descubrir, si tan sólo observas con atención.

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