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Ideas aparentemente sueltas sobre derechos de autor e industrias culturales

  • Estaba viendo hace un mes y algo (cuando empecé el post decía “este fin de semana”) The Boat that Rocked (2009) y tuve dos reacciones consecutivas. La primera, que con todo y mala dicción, me encantaría tener una emisora de radio clandestina, aunque sea por el puro gusto de pasar toda la música que me gusta en las pocas horas libres que tengo y esperar que allá afuera alguien esté escuchando y también la pase bien. Es la empatía aparente aplicada a la teoría hipodérmica, la redención de la reproducción mecánica desindividualizante de la obra de arte pero que establece una relación uno-a-uno entre ambos extremos de la comunicación en función al objeto compartido, en este caso una buena canción en la intimidad de la madrugada.

  • Lo segundo, que compartir los bienes culturales es propio de la naturaleza humana. Ya sea por necesidad de expresión, reconocimiento, misticismo o con fines prácticos, todo lo que creamos como arte está hecho para que todos lo vean. Los creadores de máquinas de Rube Goldberg no preparan sus armatostes para que les estorben el paso en casa ni los ornamentos funerarios egipcios estaban bajo tierra por que no habían quedado suficientemente bien. Incluso actividades tan diferentes como organizar un museo y pinchar discos tienen en común la necesidad de compartir lo bello del mundo. Es más, la misma definición de “museo”, de acuerdo a Museos de México, es la de una institución, lucrativa o no, “al servicio de la sociedad y su desarrollo, abierta al público que exhibe, conserva, investiga, comunica y adquiere, con fines de estudio, educación y disfrute, la evidencia material de la gente y su medio ambiente.
  • Si bien hay una diferencia enorme entre la institucionalidad de, por ejemplo, el Museo de Arte de Lima y una emisión que me nazca espontáneamente para hacer alarde de unos cuantos gigabytes de música y que yo quisiera lanzar al aire vía streaming o por antena, lo mismo podríamos decir entre este blog y El Comercio, por dar un ejemplo. Pero sabemos que cada uno tiene un producto único, un público pensado y que probablemente el más grande no satisfaga porque no está en su objeto de trabajo. Y si no somos conscientes de ello, hay que decirlo: hoy en día la red nos permite estar en las mismas condiciones de acceso (no de publicidad ni reputación, por suerte para los pequeños), funciona como un soporte universal para todos nuestros contenidos, y ya viendo la cosa desde la perspectiva práctica, del público de a pie, está todo en Internet.
  • No podemos replantear las condiciones de acceso de los bienes culturales si no podemos cambiar las condiciones de consumo o de lleno descartar la idea de consumo y de estos bienes como productos (¿qué serían, entonces?). El objetivo, a fin de cuentas, debería ser despojarlos de aquella ilusión de que a más ventas, mayor calidad y mejor consideración se le otorga a un determinado trabajo. La lógica nos debería llevar por el camino opuesto, el mérito antes de la difusión. Pero la mentalidad de industria obliga a incrementar los márgenes de ganancia gastando menos en la producción, salvo en los casos donde felizmente el valor artístico y el valor comercial coinciden, o donde los nuevos canales de difusión (reality TV, TV por Internet, video sharing, podcasting, ventas indie) dan vitrina y difusión a los talentos ignorados por la maquinaria, más enfocada en los medios de masas. Claro está, en los casos ajenos al mainstream la gran desventaja es la falta de rentabilidad y baja probabilidad (aunque existe) de realmente sobresalir partiendo de medios “alternativos”.
  • Lo que nos lleva a pensar en el arte como medio de subsistencia al servicio del artista, no del distribuidor ni del productor (cuando sea aplicable). La experiencia peruana, primero en la música y ahora en literatura, es de aprender de la piratería antes de atacarla. Nos muestra la necesidad de mantener precios adecuados a la capacidad de gasto del público objetivo. Gran parte de la culpa de que los precios del material original no sean más razonables -en el plano general- recae en mantener en marcha a las personas a cargo de la producción, la distribución y la venta minorista, todos aquellos piezas del proceso que las doctrinas de trabajo do-it-yourself, (en creación, gestión y representación), el comercio electrónico y la prescindibilidad del soporte físico han debido ya dejar en el olvido. Sin embargo, toda esta parte del proceso duplica o triplica el coste verdadero de lo que el consumidor termina comprando. Y no sólo en música. El cine, la música y la literatura sufren al competir contra las versiones piratas, y el perjudicado final es el autor, que percibe una porción mínima de las ventas legítimas, que también vienen a ser pocas.
  • Los canales de distribución, todo lo que ocurre desde que el producto, en disco, papel, film, bytes, ondas o pulsos eléctricos, abandona al autor y llega al público, dan por sentado su lugar en el mundo. Pero decir que están por desaparecer no es siquiera una proyección al futuro. Hoy existen los canales necesarios para contactar directamente con el público, y sólo falta simplificar (y hacer más seguro) el comercio en línea para que de verdad se generalice. Lo lamentable es que todavía resulta difícil a las audiencias más jóvenes, que suelen tener más interés en gastar en entretenimiento, no suelen tener acceso al crédito, necesario para realizar este tipo de transacciones (y los jóvenes adultos tienen más para gastar en lo mismo). Un sistema de crédito bajo control parental o prepagado podría resolver el asunto, si alguien encontrara la forma de hacerlo funcionar. Probablemente toda la cadena de distribución tenga que revitalizarse solucionando las nuevas necesidades que pudiera traer un modelo así.
  • La peor parte de todo este problema en nuestro país, y en muchas otras partes del mundo, es el poder de las sociedades de autores. Al menos de la manera en que han venido actuando, sólo ayudarán a preservar un modelo que debería ser obsoleto. Y es perfectamente natural que un organismo en peligro trate de defenderse. Lo que también es natural es que el organismo que lo reemplace demuestre ser lo suficientemente fuerte para que valga la pena la extinción de la especie que está desplazando. No podemos permitir que un APDAYC en Perú o una SGAE en España, por decir los ejemplos que recuerdo, nos cierren por la vía legal oportunidades para seguir experimentando y compartiendo material. Los defensores del P2P y el file sharing deben mostrarse a la altura para defender proactivamente ante los gobiernos una nueva era en el uso y el alcance de los bienes culturales, y replantear todo el aspecto comercial a favor del autor y del consumidor por igual. Sí, eso significa que tendremos que seguir pagando. Pero estaremos pagándole a las personas correctas.
  • ¿Deberia haber regulacion del file sharing para evitar perjuicios reales a los autores? Como consumidores debemos eventualmente asumir una cierta responsabilidad. En términos actuales la idea parece imposible. Hoy un chico de 15 años no puede esperar que todos sus amigos tengan los 15 o 20 dólares necesarios para comprar el último disco de GreenDay. Pensemos en tres o cuatro álbumes que merezcan la pena comprar y salgan a la venta el mismo mes. En términos de Perú, son 180 soles que se quedan sólo en la tienda de discos, sin contar libros, diarios, revistas, DVDs y entradas al cine. En cambio, 12 chicos pueden adquirir cuatro veces ese material, compartirlo sólo entre ellos y gastar un tercio. Si sólo usamos los tracks que sí les van a gustar (un 50%, siendo generosos), pagar por los MP3 quedaría en una sexta parte. No compran todos los chicos lo mismo, aunque sí comparten los contenidos. Como incentivo, la facilidad de la transacción facilitaría la repetición de la compra y la posibilidad de que se convierta en un hábito más que en un gustito ocasional.

Unos enlaces que tenía guardados:

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