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La palabra impresa sobrevive mientras los medios digitales se mueven lento

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Leía los Cinco mitos sobre la Era de la Información en The Chronicle, y fue con gusto que encontré una visión realista pero conciliadora del presente y futuro de la información tanto digital como impresa. Partiendo de la premisa que el libro no ha muerto, Robert Darnton intenta aplacar el ánimo juvenil y progresista de firmar los obituarios de las imprentas, a la vez que demuestra de qué maneras el papel seguirá siendo un soporte predominante en la difusión de datos e ideas.

Existen áreas del conocimiento, en pleno siglo XXI, donde la tinta y papel son las pruebas irrebatibles de contratos, acciones de compra, resoluciones oficiales o comunicados administrativos (públicos y privados). Como bien menciona Darnton respecto al postulado de que toda la información está disponible en forma digital, “el absurdo de esta afirmación es obvio para cualquiera que haya investigado en archivos. Sólo una pequeña fracción del material de archivo ha sido leída, mucho menos digitalizada (…). Google estima que hay 129’864,880 libros en el mundo, y sólo ha digitalizado 15 millones (o un 12%)”. Eso es algo que pude comprobar trabajando desde el Estado peruano: aún contando con un fondo editorial muy rico en títulos (investigaciones sobre la realidad peruana que ahorrarían mucho tiempo a ciertas comisiones) y un área de digitalización, no se da abasto para ofrecer todos los libros editados por el Congreso de la República de la manera que lo haría un Google Books. Además, en las últimas elecciones me pareció absurdo que TODOS los partidos y canales de televisión tuvieran a la mano los resultados antes de que estuvieran disponibles en los respectivos sitios web, dejando claro que la prioridad de nuestros medios sigue siendo tener la primicia para vendérsela al anunciante, antes que el dato fidedigno y oportuno para el ciudadano.

Cada vez hay softwares más potentes de reconocimiento de caracteres (OCR). Sin embargo todavía tenemos que restaurar y digitalizar los libros hoja por hoja.
Cada vez hay softwares más potentes de reconocimiento de caracteres (OCR). Sin embargo todavía tenemos que restaurar y digitalizar los libros hoja por hoja.

La información en medios digitales puede ser aún más rápida y relevante que aquella que nos ofrecen la radio y la TV (ni hablar de los periódicos). Se entiende que exista un nicho de trabajo para digitalizar ediciones de libros antiguas, pero lo que no se entiende es quién lo llena. ¿Será que culturalmente no existe la vocación de recuperar el conocimiento menos conocido o menos popular? ¿Es más conveniente que prevalezca cierta información en la Red mientras otras fuentes toman la ruta espiral hacia más y más olvido? ¿O es tan simple como decir que no hay beneficio en digitalizar, por ejemplo, una tesis universitaria o un archivo municipal?

Volúmenes de volúmenes. Una buena oportunidad de trabajo para los obsesivos compulsivos en busca de un nicho de mercado.
Volúmenes de volúmenes. Una buena oportunidad de trabajo para los obsesivos compulsivos en busca de un nicho de mercado.

Los nuevos criterios de valor en el comportamiento de audiencias digitales son los contenidos portátiles, perpetuos, personalizables y participativos (materia de un futuro post). Pero según el artículo de Darnton existen formas de edición en impresos que permiten estas características, pasando sólo como algo instrumental por las herramientas electrónicas. Los libros de papel son en sí más difíciles de destruir, y las tecnologías de print-on-demand los hacen virtualmente ubicuos y personalizables. Los libros electrónicos son a la larga más eficientes y se integran a funciones eminentemente digitales como notas interactivas o compartir citas en redes sociales. Debemos encontrar el valor que cada uno pueda aportar: información digitalizada contra calidad del libro y el libro objeto, por ejemplo. El futuro se tratará de balancear y complementar ambos soportes.

Foto de cabecera: Lancaster Libraries.